Andrés Villadiego (Econ.),
Tribuna Popular, N.º 3.016,
Mayo de 2020, pág. 4.
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Colas, racionamiento y escasez de combustible, parte de la "normalidad" en la Venezuela actual |
Venezuela llegó a tener capacidad de refinación de 1.300.000 barriles diarios (b/d) de petróleo, y alcanzó a producir no sólo la gasolina suficiente para abastecer el mercado nacional, sino también varios de los componentes para su producción en el Complejo Refinador de Paraguaná (CRP). De hecho, además de autoabastecerse de estos refinados, Venezuela llegó a exportar a EEUU en el año 2000 un promedio de 75.000 b/d de gasolina terminada, más de 50.000 b/d de componentes de gasolina, más de 30.000 b/d de mezclas parcialmente refinadas, y 60.000 b/d de fueloil destilado, según cifras de la Administración de Información de Energía de EEUU (US EIA). En total, a inicios del presente siglo se exportaban a EEUU en promedio cerca de 300.000 b/d de una amplia gama de productos refinados, incluyendo gasolina y sus componentes.
Pero esta situación se revirtió a inicios de la década pasada, durante la cual comenzó a una reducción progresiva de la producción de crudo y un aumento descontrolado del parque automotor, mientras la irracional política de precios mantenida por Pdvsa fomentó el fenómeno del contrabando de gasolina. De todo ello nacieron las condiciones para la gradual pérdida de la capacidad de autoabastecer el mercado interno de combustibles. Además, se sumaron problemas técnicos y operativos que afectaron el funcionamiento de las refinerías del país. Frecuentes fueron las denuncias hechas por los propios trabajadores sobre las condiciones de seguridad, la falta de mantenimiento, el desmantelamiento de instalaciones, el deterioro de condiciones de trabajo, la deserción masiva de trabajadores, entre otras irregularidades que no fueron corregidas por ninguna de las autoridades responsables de la gestión de Pdvsa de los últimos años.
Mientras se proclamaba acaloradamente la «soberanía petrolera», se estaba llevando a la nación a una situación de vulnerabilidad energética, aumentando su dependencia de las importaciones no sólo de gasolina y sus componentes, sino también de otros insumos necesarios para la producción en los yacimientos, lo que ha incidido en la reducción de la producción de petróleo crudo.
En pocos años, Venezuela pasó a convertirse en un importador neto de combustibles. Tomando en cuenta sólo las provenientes de EEUU, y sin incluir las originadas en Rusia, China y otras naciones, las importaciones por Venezuela de productos refinados se multiplicaron por 17 entre 2004 y 2018, llegando a un promedio de 124.000 b/d, incluyendo gasolina y componentes.
A partir de 2019, cayó la importación proveniente de EEUU como efecto de las llamadas «sanciones», a lo que se sumaron los problemas de distribución; finalmente, a principios de este año las medidas punitivas de la administración Trump se extendieron a Rosneft Trading, empresa que servía de intermediario en operaciones de comercio y transporte internacional para eludir el bloqueo contra Pdvsa. Así que las «sanciones» apenas han agudizado una crisis cuyos orígenes se remontan al menos una década, resultante de una pésima gestión de la industria petrolera que ha arrastrado al país a una situación de precariedad extrema.
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