Por Luis Zeppenfeldt
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18/03/2020
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| 2020 |
No hay vuelta atrás, no hay forma de salirnos del problema ni de recular. No podemos prescindir del contrato ni arrepentirnos. Hace poco más de una década empezamos como borregos, abriendo nuestras cuentas de Facebook, Twitter y cuanta red social se ponía de moda. Nos conectamos todos, y en un acto de inocencia o pendejitud, no nos preguntamos por qué estas empresas querrían ofrecernos todos esos servicios gratuitamente.
Aún muchos ni se lo preguntan, pero lo que sí está más que claro, es la influencia de las redes sociales en la forma de pensar de las personas, en sus decisiones y en sus propias conductas. Hoy veo con estupor como las redes sociales superan exitosamente el mayor experimento social de la historia humana; jugar con el miedo colectivo.
No importa que tan grave sea la epidemia de COVID-19, si es un virus de laboratorio o una mala jugada del destino, lo que sí quedará demostrado es el enorme poder de las redes sociales sobre los ciudadanos.
Por primera vez las redes sociales se yerguen como el poder supremo al que todos harán caso por encima incluso de la autoridad de los gobiernos. No importa cuán cierta pueda ser esta pandemia, en realidad no hace falta ni siquiera que sea cierta. Para las redes sociales eso es irrelevante, la mayoría de nosotros obedeceremos, no porque lo digan las autoridades sino por el miedo inoculado, bien calculado y distribuido a través de las redes sociales.
La gran mayoría de nosotros ni siquiera conoce o conoció en persona alguna víctima mortal del COVID-19, no sabemos cómo ni que tan rápido se hacen los diagnósticos genéticos para identificarlo, ni siquiera sabemos si en nuestros países, estados o municipios tienen esa tecnología tan avanzada para detectarlo (por cierto solo posible a través de pruebas genéticas). La única información de la que disponemos el 99,99% de los ciudadanos son rumores y noticias esparcidas como virus a través de las redes sociales o el monopolio mediático de Google.
Cabría preguntarse; si se hiciera todo ese despliegue informativo sobre cualquier otra enfermedad, que las hay mucho más recurrentes y mucho más graves que el COVID-19. ¿Cómo cambiaría nuestra sociedad? ¿Qué pasaría si se utilizara una campaña similar a la del COVID-19 para combatir otras enfermedades perfectamente suprimirles como la diabetes o la hipertensión? Solo por nombrar dos. ¿Qué pasaría?, si en vez de la acostumbrada campaña anual del cáncer de mamas, financiada por las grandes farmacéuticas, tuviéramos una campaña insistente por las redes, enseñando a alimentarse correctamente y ayudando a sanar esas heridas que muchas de nuestras mujeres, llevan en cuerpo y alma.
La epidemia pasará con la misma velocidad que se propagó, pero el más grande experimento social de la historia humana, el más potente método de persuasión masiva, jamás imaginado ni siquiera por los más ambiciosos dictadores, quedará engranado y bien aceitado para un próximo uso: Porque estaremos libres de este virus pero seguiremos conectados.

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