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sábado, 21 de marzo de 2020

Guacales o votos

EARLE HERRERA,
ÚN, 13-3-20

Earle Herrera (El Tigrito -Anz.- 1949)

En el crepúsculo de su tránsito existencial por este país de cojonudos y mamadores de gallo, como nos llamó García Márquez cuando recibió el premio Rómulo Gallegos, el veterano de tantas escaramuzas electorales, Henry Ramos Allup, se debate entre la insurrección de los plátanos verdes de aquel 30 de abril y la senda electoral que le ha permitido, sin tener el partido más votado del G4, obtener más gobernaciones, alcaldías y los puestos más altos que sus cándidos compañeros de ruta.

La derecha va y viene, como una hamaca bajo una mata de cotoperí. Su autoproclamado “presidente” ahora quiere ser sindicalista y anda metiendo pliegos conflictivos sin ton ni son. Los adecos lo acompañaron en la misteriosa aventura de los guacales y el único que pagó fue Edgar Zambrano. Igual lo han seguido en la Batalla de los puentes y en cada Día D que se le antoja al sobrevenido sindicalero. El resto de la oposición se desahoga en las redes.

Hoy se encuentran frente a un dilema nada hamletiano: guacales o votos. Los extremistas apuestan a seguir colocando ametralladoras en las autopistas, aderezadas con cajas de cambures verdes. Ramos Allup va y viene, como el chinchorro de Rómulo, quien siempre llamó a sus subalternos a no enchinchorrarse. En plena marcha de este 10 de marzo, cuando el autoproclamado fijaba otro día definitivo para la batalla final, el jefe blanco le aguó el discurso anunciando que hay que participar en las elecciones parlamentarias, sí o sí, algo que vienen diciendo desde hace rato Maduro y Diosdado.

Ramos fue uno de los ideólogos de la abstención de 2005 y no le gustó esa sequía política de cinco años. La participación en 2015 le permitió hacerse de la presidencia del parlamento (sin que le tocara) y después alzarse con cuatro gobernaciones, nada desdeñables (Anzoátegui, Nueva Esparta, Mérida y Táchira), más numerosas alcaldías. Se niega a regresar al desierto al que los abstencionistas lo quieren llevar, con espejismos y sin oasis. Guaidó, cuando se radicaliza, le provoca sed.

El líder cuatrimotor tiene pocos aliados del lado electoral, pues el imperio, la Unión Europea, el Club de Lima y la OEA prefieren los guacales, escoltados por ametralladoras virginales. El voto es una rendija, medita. El guacal, un tentador barranco, pero barranco al fin. ¡Muesca!

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